"Este era un hombre, John Rose Berlín, que durante su corta vida de 20 años nunca se había enamorado de nadie. Siempre que encontraba atractiva a una persona, sus defectos saltaban a la vista como balas de un revolver a sus ojos atentos y cansados de tanta imperfección. Siempre solitario, lleno de pensamientos en su cabeza, un día se encontraba en su casa con un espejo en frente, mirándose, pareciera que sus pensamientos salían de su cabeza y bailaban frente a él, cuestionamientos sobre Dios, la vida, la existencia y el mismo amor de mezclaban en una danza perfecta. Tan perfecta que sus ojos cayeron cautivos de esa perfección, surgió un sentimiento nuevo en él. No podía dejar de mirarse, no podía dejar de contemplar ese delgado y alto cuerpo vestido de negro con un chaleco cuello de tortuga.
A la mañana siguiente se compró un espejo de bolsillo y salía con él a todas partes, se miraba y se miraba cada vez que podía. se tiraba en el pasto con su espejo en la mano, comía en el restaurante mirando su imagen como si contemplara algo suculento de lo que no quisiera separarse...
No quería separarse no no no... él no quería, ¿pero que pensaba ese espejo?, esos ojos cansados que lo miraban. Seguían cansados pero más cansados, cansados de John, cansados de tener que mirarlo siempre, el sentimiento se transforma en hostigamiento, pero John seguía insistiendo, este nuevo sentimiento no lo dejaba pensar, esa perfección que siempre estuvo ahí pero él no había mirado, lo tenía atrapado. El hostigamiento se convertía en odio, en asco y desprecio, John sentía eso pero a su vez quería seguir estando con ese espejo, con ese reflejo, por más que intentaba alejarse de John, este cada vez se acercaba más y más, lo miraba y miraba.
-Tan sólo una salida queda- pensó, y como una serpiente la cuerda recorrió su cuello, formando un nudo que detuvo todo ese sentimiento, ese nuevo sentimiento, ese asco y desprecio, por fin se habían separado".
Juan carrasco.
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